The Boys

Otra serie de superhéroes que busca ser original, basada, una vez más, en un cómic, y que promete más que lo que finalmente da. Sin ser una mala serie, The Boys busca dar la impresión de ser atrevida, violenta y sólo apta para adultos con las retinas bien acostumbradas a ver chorrear sangre en la pantalla. Y el caso es que violencia no le falta, pero en unas dosis que no son las esperadas dado que, antes que una ficción de acción, The Boys puede ser considerada una serie de intriga.

Francamente, cuando lo primero que ves en cada capítulo, a modo de aviso, es un cartel como el que sigue, esperas una concatenación de excesos que te deje atrapado en tu asiento y te haga ver un capítulo tras otro. Sin embargo, los excesos, que los hay, caen con cuentagotas y es el punto de intriga (a veces insuficiente) el que puede llegar a engancharte y hacerte ver otro capítulo.

Aviso de contenido en «The Boys»

Porque, además, The Boys no es tan original como pretende aparentar. El punto en que busca diferenciarse parte de la premisa de que los superhéroes no tienen porqué ser buenos de corazón, ni empáticos, ni estar comprometidos con el prójimo. Pero eso ya lo hemos visto antes, de un modo u otro, en prácticamente cualquier cómic o película de superhéroes. La única diferencia es que, en esta ocasión, los supuestos justicieros en mallas y con los calzoncillos por fuera, no son más que un atajo de cretinos obsesionados con el poder, el dinero y la fama. Y, por descontado, harán lo que sea necesario, no ya para mantener su poder, su dinero y su fama, sino para lograr aún más. A esto hay que sumar que los superhéroes estén al servicio de una multinacional de la seguridad cuyo objetivo, como la de cualquier otra multinacional, es expandirse y abarcar cada ver más y más, caiga quien caiga y pasando por encima de quien sea necesario. La ley y la justicia para otra ocasión.

Dentro de esa multinacional de superjusticieros disfrazados de fantoches nos encontramos con un grupo de élite donde supuestamente está la crème de la crème, denominado «Los Siete». Y bien pronto descubrimos que ese grupo está compuesto, como no podía ser de otro modo, por la flor y nata de los cretinos de marras y que la pertenencia a ese grupo (niveles de cretinismo a un lado) depende ante todo de hacia dónde soplen los vientos en las redes sociales y a qué grupo demográfico se quiera contentar. Su líder, The Homelander (traducido aquí como El Patriota), e interpretado por Antony Starr, una especie de Superman ataviado con la bandera americana a modo de capa, no es más que el prototipo de personaje que, envuelto en la bandera de turno, aparenta ser el paladín de los valores nacionales, cuando en realidad únicamente lucha por sus propios intereses.

Pero The Boys no sólo trata de «Los Siete» o de supercretinos con ansias de poder. En realidad son las historias humanas, las de las personas que han sido víctimas de los excesos y la impunidad con que se manejan esos supuestos defensores de la justicia, tras las cuales veamos una verdadera lucha por la justicia. Aquí los buenos no llevan mallas ni pueden volar, están en clara desventaja y aún así no cejarán en su intento de hacer lo correcto, arriesgando su propia vida en ello. Ese punto es el más logrado en The Boys y el que casi nos impele a buscar una doble lectura en esta ficción.

¿Acaso pueda ser que, con frecuencia, deleguemos nuestra seguridad en gobiernos y fuerzas de seguridad que cometan tropelías y abusos que pasemos por alto, arropados por una falsa sensación de seguridad, hasta que nosotros mismos, o algún ser querido, pase a ser una víctima de tales abusos y de la impunidad de que disfrutan aquellos y aquellas en los cuales confiamos?

Claro que también puede ser que estemos buscando más jugo en The Boys del que en realidad hay.

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