Madres forzosas: lasaña a medio descongelar

Hace poco más de veinte años la popular sitcom Padres Forzosos (Full House) echó el cierre. Nadie derramó una sola lágrima por ella. Su tiempo había pasado.

Si bien, por alguna extraña razón, los productores decidieron criogenizar a los guionistas y mantener sus constantes al mínimo, como si de una mala película de ciencia ficción se tratara, para que despertaran al cabo de dos décadas. Un viaje al futuro en toda regla: el mundo había cambiado, pero ellos no.

Y así nos encontramos ahora con Madres Forzosas, Fuller House. Secuela que nos llega de la mano de Netflix y que se antoja tan innecesaria como caduca.

Esa es, al menos, la sensación que da. Tal vez realmente hayan cambiado los guionistas, aunque poco importa. Los chistes son los mismos. Y da vergüenza ajena.

Ya el primer capítulo no auguraba nada bueno. Chistes acerca de antiácidos, posturas del Kama-sutra y, en un alarde de machismo latente, una pretendida gracieta: “ya limpias a nivel ama de casa”, le dice el abuelo a uno de sus nietos. A esto hay que sumar unos personajes de cartón piedra: un amante latino llamado Fernando Hernández-Guerrero-Fernández-Guerrero pululando por ahí; el cretino del tío Joey Gladstone (que ya en Padres Forzosos no tenía gracia y caía hasta gordo) haciendo el idiota con un peluche; el tío Jesse (John Stamos) que, al contrario que los guionistas, optó por conservarse en formol y sigue creyéndose muy guay y enrollado y toca la guitarra y canta y dan ganas de romperle la guitarra en la cabeza y decirle que su tiempo ya pasó… y así podríamos seguir.

John Stamos

No faltó un dardo envenenado para las hermanas Olsen (que acertaron al pasar de semejante despropósito de serie) y un baile a lo New Kids on The Block metido tan a capón como el conjunto del reparto, que fue apareciendo y presentándose a sí mismo de un modo tan burdo que, paradójicamente, causaba más gracia que los supuestos chistes.

Todo esto se podría perdonar si se entendiera este primer capítulo como una excusa para poner en situación al espectador: ahora son las hijas las protagonistas y D.J. (la mayor), la que se ha quedado viuda y necesita ayuda para criar a sus hijos. Pero no, la cosa no mejora en los siguientes capítulos. Situaciones predecibles, enredos de tercera, chistes sin gracia acompañados a los coros por unas risas enlatadas fuera de lugar, pretendida ternura que queda en pastelada y, olvidando que han pasado veinte años, una buena dosis de moralina que parecía desterrada, por fin y para siempre, de las telecomedias desde que Bill Cosby colgase las botas.

Se queda uno con la sensación de que los productores tenían prisa por sacar adelante la serie y no se molestaron en leer las instrucciones y mantener los tiempos mínimos de rigor que conviene respetar, siempre, al meter a un guionista en el microondas. El resultado, no podía ser otro, es el de una lasaña a medio descongelar. Los ingredientes los tiene, están ahí, se ven, pero pasan por el paladar dejando un regusto a cartón frío nada agradable y se hace difícil de engullir.

La serie original, ya en su día, hizo la transición de los ochenta a los noventa con un aprobado por los pelos. Y, aunque aguantó en antena hasta 1995, nunca se deshizo de un halo ochentero que hay quien confunde con humor blanco.

Y esta secuela, este batiburrillo de chistes descafeinados mal hilados e interpretados por actores y actrices que, si habían desaparecido del mundo de la actuación, por algo sería, lo tiene difícil para lograr el éxito de su antecesora. No llega siquiera al nivel medio de las producciones fabricadas en serie, clonadas, por la industria del entretenimiento.

No es más que un despropósito.

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