Loudermilk

Como mezclar en una coctelera Mom y Anger Management para, al final, darle un toque a lo Californication. Así es, grosso modo, Loudermilk. Una comedia sin risas enlatadas acerca de un grupo de Alcohólicos Anónimos que orbita en torno a Sam Loudermilk, un crítico musical venido a menos tras sus excesos con el alcohol y que ahora dirige este grupo de terapia.

Creada y dirigida por Peter Farrelly, conocido principalmente por haber estado al frente de comedias tales como Algo pasa con Mary, Dos tontos muy tontos o Yo, yo mismo e Irene, uno esperaría una comedia alocada con el humor como ingrediente principal y, sin embargo, pese a las referencias que hemos citado al principio como parte de un coctel del que podría salir cualquier cosa, Loudermilk es, muy probablemente, la serie que con más honestidad, sinceridad y realismo trata la adicción al alcohol. Y lo hace sin faltar a su cita (lo decimos por Farrelly) con algún que otro personaje poco convencional; la cabra tira al monte, queramos o no. La comedia no se deja de lado y tal vez estemos frente al mejor ejemplo de ese género tan en boga y tan mal traído a colación con frecuencia, el dramedy.

Sam Loudermilk, interpretado por Ron Livingston, no es un terapeuta ni pretende serlo; dirige el grupo de terapia como parte de su propia terapia y a modo de redención. Su forma de llevar el grupo será poco ortodoxa y uno se preguntará repetidas veces si hay método en su locura. Por si esto fuese poco tiene un carácter de mierda, es borde y malhablado. Es, por hacernos una idea, el típico vecino al que ves aparecer entrando por el portal y subes por la escaleras antes de cruzarte con él y tener que compartir el ascensor. Pero, como suele ocurrir en este tipo de ficciones, lo iremos conociendo y le iremos cogiendo cariño; en el fondo es un buen tipo…, amargado, sí, pero un buen tipo. También es habitual en estas series que personajes así sean especialmente inteligentes: ahí tenemos a House como, tal vez, ejemplo más totémico. Uno puede terminar encariñándose de un borde, pero encariñarse de un borde medio bobo es bastante más complicado. La inteligencia suma, siempre.

Y claro, poner a un hombre así al cargo de un grupo de alcohólicos en plena rehabilitación, con más de un tipo que casi da para una serie él solito, hace que las cosas sucedan, así de sencillo y así de difícil. Porque mantener el equilibrio entre la comedia y el drama sin caer en sensiblerías ni moralina barata es bastante más complejo de lo que pudiera parecer. Y una de las cosas buenas que tiene Loudermilk es que no descarrila. La propia historia de Sam irá creciendo según nuevos personajes entren en escena, y las historias paralelas de los personajes secundarios irán complicándose y se entrelazarán una y otra vez sin que suceda aquello que tan a menudo ocurre, que no es otra cosa que llegar al capítulo ocho y creamos estar viendo otra serie y no la que empezamos a ver poco tiempo atrás. Loudermilk, la serie, es fiel a lo que quiere ser. Y Loudermilk, el personaje, no deja de intentarlo. Es de agradecer que se hagan series así.

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