Kim Kong

Si quieres que el mundo te tome en serio como dictador de un país pequeñito y sin recursos más te vale no ser bajito y tener cara pan. Da igual el armamento nuclear que tengas (o afirmes tener) o que fusiles o dejes a medio fusilar a la mitad de tu propia familia. A estas alturas como si se deja bigote: Kim Jong-un se ha convertido en una figura pop.

Ya pudimos ver en The Interview cómo el líder norcoreano daba juego para una comedia y ahora esta producción francesa nos trae a un dictadorzuelo que recuerda demasiado al personajillo en cuestión.

En Kim Kong vemos a un «Comendador» al frente de un país asiático sin nombre, obsesionado con el cine y con conquistar los Estados Unidos. Lo primero es una pasión auténtica, lo segundo le viene de familia. Y bueno, un día escribe un guión. Un guión propagandístico hasta el ridículo (tampoco es el primer dictador al que le da por ahí) en el cual King Kong se une a la revolución popular de su nación en su lucha contra los yankees. Como Kim Jong… digo… como el Comendador no dispone de profesionales en su país que puedan llevar a cabo un proyecto cinematográfico de tal envergadura, encarga el secuestro de Mathieu Stannis (Jonathan Lambert), un director de cine francés que ha perdido toda ilusión por su trabajo a base de hacer una basura tras otra cegado por suculentos cheques, para que se ponga al frente de la producción.

Stannis, reacio en un primer momento (no podía ser de otra manera) y frustrado un poco más tarde dada la ínfima calidad de los actores, una directora de fotografía que está ahí puesta como podía estar al frente de un campo de reeducación y, sobre todo, ante la escasez de medios técnicos, pese a que se han puesto a su disposición «las mejores cámaras bielorrusas», poco a poco le irá cogiendo el gusto a volver a los orígenes: a rodar sin cromas ni artificios digitales y sí de un modo más artesanal. Así pueda parecer que Stannis esté retomando la ilusión por su profesión, si bien la sospecha de que esté bajo un síndrome de Estocolmo galopante sobrevuela la cabeza del espectador.

Y es que el verdadero protagonista de esta serie no es ni King Kong ni el dictador asiático de saldo, sino Mathieu Stannis. El Comendador aparecerá de vez en cuando, por aquello de ir supervisando el proyecto. Así nos enteraremos de que está creando unos Terminators reales (¿no lo harías tú si fueses un dictador obsesionado con el cine?) y de que no llora nunca; ni siquiera lloró con el final de Titanic. Claro tío, claro.

También hay que decir que nos podemos reír mucho del argumento que ha pergeñado el Comendador pero nos comemos con ansia y fruición producciones semejantes si llevan el sello «made in USA». Y con demasiada frecuencia esa propaganda metida a capón o con sutileza, lo mismo da, es como si alguien echara Mentos a tu Coca-Cola. Una mezcla explosiva que te deja parado y con cara de idiota frente a tu botella vacía mientras piensas «mierda, yo sólo quería tomar un refresco en paz».

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