Kidding

Lo último de Jim Carrey es, probablemente, lo último que uno querría ver de Jim Carrey. Kidding, una serie que pretende encajar dentro de lo que se denomina dramedy, un género que combina elementos del drama y la comedia. Pero no, en este caso no es así. Ni dramedy, ni tragicomedia, ni nada que se le parezca; esto es un drama en toda regla, un dramón de los gordos, de los de telefilme sólo que bien interpretado. La comedia cae con cuentagotas, en momentos muy puntuales y casi para oxigenar, para que el espectador recupere un poco de aire.

Cierto es que Jim Carrey ya mostró sus dotes (muy buenas dotes) dramáticas cuando se percató de que si se limitaba a poner caritas y tirar de histrionismo su carrera en Hollywood podría ser muy breve. Entonces supo aceptar y bordar unos cuantos papeles y mostrar su valía como actor. Y queda claro que el canadiense es una buena apuesta para un drama. Pero esto… esto es demasiado.

Jeff, el protagonista interpretado por Carrey, es un padre separado (separación que no ha superado), con un hijo adolescente (un cretino, por cierto) y otro hijo que falleció hace no mucho (fallecimiento que tampoco ha superado) y que está al frente (Jeff, el hijo fallecido lo tiene complicado para ir a currar) de un programa infantil. Y con estos mimbres…

La serie es, en realidad, un monográfico rayano en el masoquismo más obsceno acerca del modelo Kübler-Ross de las fases del duelo (negación, enfado, negociación, depresión y aceptación) pero con un personaje tan perdido y destrozado que se dedica a dar saltitos por las distintas fases con la agilidad de un equilibrista borracho. Como tal, caminará sobre la cuerda floja; como tal, el espectador esperará en tensión el momento en que se despeñe y, como tal, caminará con excesiva confianza mientras da entre vergüenza ajena y pena: creyendo haber superado ya la pérdida y al no percatarse de estar actuando como un enfermo.

Pero el bueno de Carrey no está solo, ni mucho menos. En Kidding hay penas para todo el mundo, ¡faltaría más! Si alguien cree que las tramas secundarias van a dar un respiro se equivoca de punto a punto, claro que después de lo de Jeff, su pérdida, su separación y su incapacidad para superarlo, ya como que ciertos problemas parecen poca cosa a su lado. Esto, ya lo hemos dicho, es un dramón. Uno de los gordos. Esto es un telefilme en plan la versión del director, con horas y horas de más, pero troceado y vendido en formato serie, que es lo que vende ahora. Y sin olvidar meter cuatro gracias (logradas, la verdad, pero cuatro mal contadas) para venderlo como dramedy, que es lo que se lleva.

De modo que a quien le vayan este tipo de dramas aquí tiene su serie de la temporada, pues hay que reconocer que si estuviera mal escrita o interpretada no llegaría a transmitir absolutamente nada y se quedaría en una caricatura. Y no lo es, en absoluto.

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