El Hombre en el Castillo

Según el teorema del mono infinito, uno o varios monos aporreando teclas al azar sobre un teclado durante un tiempo infinito podrían ser capaces de escribir una gran obra e, incluso, reproducir grandes dramas de la literatura universal.

Bien, no sé a cuántos monos habrán tenido trabajando (ni por cuánto tiempo) en el guión de la serie de Amazon El hombre en el Castillo, pero afirmaría que les faltaron tres o cuatro simios para poder ofrecer algo medio decente.

Equipo de guionistas de El Hombre en el Castillo

Si alguien os comenta de qué va la serie y quién está detrás (monos aparte) probablemente comencéis a salivar, tal y como hice yo. Basada en la novela homónima de Philip K. Dick y con Ridley Scott como productor ejecutivo, El Hombre en el Castillo nos presenta una realidad alternativa, según la cual Alemania y Japón ganaron la II Guerra Mundial y se repartieron Estados Unidos, quedando una franja neutral en el centro del país. Obviamente hay una resistencia (vive la résistance!) que lucha contra la opresión que ejercen los vencedores. A partir de ahí tenemos una línea argumental sólida en su planteamiento, con los protagonistas atravesando aventuras y desventuras constantes, con sus amoríos y sus traiciones y con las conjuras e intrigas en las altas esferas del poder como telón de fondo. Hasta ahí todo bien, los problemas vienen en la ejecución; la hora de poner a los monos frente al teclado.

La serie avanza a golpe de casualidad: retratos encontrados por azar que dan al malo (El Mariscal, de quien hablaremos a continuación porque es de traca) una pista de a quién perseguir o un mapa hallado por los protagonistas y con una X marcando el lugar al que han de ir, por poner apenas un par de ejemplos. Ese es el nivel. Una concatenación de situaciones tan burdas que hacen que los diálogos de tercera sean casi perdonables.

Mención aparte merecen los personajes.

Nuevamente el esquema de cada uno de ellos, lo que aparecería en la biblia de la serie (quién es este tipo, de dónde viene, cuáles son sus motivaciones… etc), promete. Siendo objetivos, están bien dibujados. Pero la ejecución es pésima. El más cómico, por aquello de reír por no llorar, de todos es El Mariscal, interpretado por Burn Gorman; el malo malísimo. Y es que resulta que después de pintarte la zona neutral, a la cual los protagonistas han de ir, como un salvaje oeste peligroso y plagado de renegados y delincuentes, resulta que este pintamonas es el malo por antonomasia porque es el único que se pasea por ahí con una recortada. Sus apariciones, más propias de una comedia slapstick que de una serie de intriga, hacen que te preguntes qué carajo haces viendo semejante despropósito.

El Mariscal (Burn Gorman) sacando a pasear su recortada

Luego, bueno, pues tampoco se mataron con el resto: los nazis son malos; aunque algunos tratan de ser justos, los japoneses tres cuartos de lo mismo, pero toman té, y en la resistencia son todos unos desconfiados que no paran de soltar soflamas que harían sonrojar a cualquier estudiante de primero de Ciencias Políticas… o de primaria.

Llegado a este punto, hablar de la dirección o de las interpretaciones se antoja frívolo por lo innecesario. Pero son tan de juzgado de guardia que no se pueden pasar por alto. Respecto a dirección, son más de una docena los directores que han pasado por el proyecto, con lo que volvemos al teorema del mono infinito. Y las actuaciones son planas. Sin más. Tampoco hay que extenderse mucho con esto.

Cabe destacar, porque sería injusto obviarlo, que la novela de Philp K. Dick tiene muy pocos nexos en común con esta adaptación, de hecho ganó en 1963 el premio Hugo a la mejor novela y es considerada una obra maestra en su género. Donde hay talento, hay talento… y donde hay monos escribiendo… bueno, pues pasan estas cosas.

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