Altered Carbon

Hay series que, como crítico, no sabes si te lo están poniendo demasiado fácil o demasiado difícil. Porque todo crítico lleva un vampiro dentro, un vampiro que, en cuanto huele la sangre, cede ante el deseo irrefrenable de dejar seca a su víctima. Y es que es muy fácil criticar Altered Carbon: es un bodrio de los gordos. Pero también es muy difícil evitar la tentación de hincarle los colmillos hasta saciarte y no dejar de Altered Carbon más que el pellejo.

La tentación, la tentación… ¡Qué demonios! ¡Aquí hemos venido a jugar! Espero que los de Netflix se hayan lavado el cuello hoy.

Lo peor que le puede pasar a una serie es que no sepa qué quiere ser de mayor. Altered Carbon a ratos parece querer ser Blade Runner, a ratos Demolition Man (de verdad que jamás creí que nadie quisiera hacer algo que recordase ni de lejos a Demolition Man, qué necesidad, ¿verdad?) y a ratos uno cree estar viendo Futurama. De modo que la serie avanza y el espectador se debate entre el esto juraría haberlo visto ya, el esto me recuerda a algo y el no sé por qué estoy viendo esto.

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Joel Kinnaman. Foto: Sandra Birgersdotter/CC BY 3.0

Dicen los de Netflix que la serie está basada en una novela de Richard K. Morgan y no sabemos si es verdad, si es fiel al libro o si está vagamente inspirada… ni lo sabremos, porque viendo lo visto se le quitan a uno las ganas de leerla. Y eso que Altered Carbon ganó en 2003 el Premio Philip K. Dick, referente donde los haya de la literatura de ciencia ficción. Pero, para empezar, te tratan de vender como ficción cyberpunk lo que no es más que un futuro distópico absurdo: un mundo en el cual todo lo que eres (todos tus recuerdos y sentimientos, tu conciencia… tu alma, se podría decir) se va guardando en un soporte digital que te implantan en la nuca, de modo que, si mueres, siempre podrán reimplantar ese disco duro en otro cuerpo (fundas, las llaman) y resucitarte… a menos que te disparen en el disco duro, entonces se acabó para ti. Porque resulta que en ese mundo ultra avanzado donde resucitar a la gente es algo habitual, pues mira tú qué cosas, que tener una maldita copia de seguridad exige ya una tecnología carísima y al alcance de muy pocos, hasta el punto de que la mayoría de la población duda de su existencia y lo toma por una leyenda urbana. De traca, ¡hace falta tener un satélite privado para poder tener una simple copia de seguridad! Que te quedas diciendo… o en el futuro se les fue la mano con el tema de los derechos de autor a los de la SGAE o esto es de un absurdo que clama al cielo. Y vale que cierto tipo de detalles, por muy incongruentes que sean, por muy de escritor-guionista vago que sean, muchas veces se pasan por alto, se perdonan, por aquello de tratar de entrar en la serie, en el mundo que te proponen. Pero cuando no hablamos de un detalle sino de la razón de ser de la serie todo lo demás se hunde, cae por su propio peso, de bruces, a plomo, se deja los piños contra el suelo y ya está; no hay más que un yo quería ver una serie y me encuentro… esto.

Unos guiones propios de una función escolar de cuarto de primaria, unos actores que hacen de la sobreactuación un arte dantesco y decadente (mención especial para Joel Kinnaman, más insufrible que un dolor de muelas, que hay que ser malo para que el papel protagonista de esta serie te venga grande)… y poco más. Altered Carbon apenas llega a la categoría de despropósito, más quisiera que acercarse. Ver pastar a las vacas tiene más suspense.

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